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“El pueblo no encontró como reclamo el eco de un tambor, ni el desafiante sonido de una corneta; al pueblo lo condujo el silencio. Sin más. Silencio ensordecedor que llegaba desde la Lonja de San Bartolomé. Silencio que rasgaba con sus invisibles uñas el telón de la oscura noche. Mudo silencio, que llamaba a voces a todo un pueblo, voz de un silencio que susurraba a los corazones el momento de la pasión, que gritaba a los oídos hasta temblar los tímpanos, hasta dejarlos sordos, para decir que Jesús necesitaba un cirineo y allí estaba todo su pueblo. Cirineos dispuestos a cargar con su cruz, largas filas de penitentes que de tanto abrazarla la hacen suya, duro madero que se clava en el hombro y sus astillas se incrustan en el corazón, pies desnudos que se desgastan en el suelo, manos temblorosas de emoción que sostienen un rosario.
Y Jesús sigue llevando la cruz de todos, la que cargó para perdón de nuestros pecados y el pueblo que se apiada, quiere participar de todos sus dolores, Dolores, de una noche que el pueblo lleva bajo negro palio. Dolores que levemente mecida por las calles de la amargura busca los pasos de su Hijo, pasos que dejarán su sombría huella, que el pueblo irá buscando, y que le irá recordando lo que sucedió en esas calles.
En la calle Sol, los varales del palio, como finas varas de nardos jugarán a enredarse con las flores de un balcón, pero la Virgen de los Dolores no se entretiene y sabe que más adelante lleva a su Hijo. La noche es todo llanto, y hasta la luna vierte jirones de lágrimas en la cera derramada. Perdida de dolor llevas tu mirada, la noche que una espada atravesará tu alma.”
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