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Una vez recogidas estas piezas el mismo Juan del Castillo realiza el torso, miriñaque, articulaciones y termina colocando los apósitos clásicos de estas tallas, es decir, lágrimas de cristal, pestañas, tarima...
La encarnadura la lleva cabo al año siguiente Francisca Roldán, según el recibo del que se hace eco el profesor Hernández Díaz en su monografía sobre Pedro Duque Cornejo de 1983.
Tanto el torso como el resto del cuerpo se restauran y restituyen en diversas ocasiones durante el siglo XVIII, mientras que el rostro y las manos, a tenor de la documentación, no se tocan. Este hecho se repite aproximadamente cada diez años y se debe al maltrato que sufre la imagen durante las procesiones del Viernes Santo, en las que se llevan a cabo las conocidas “carreritas” y el “abrazo” entre Cristo y María, además de otros encuentros del mismo tipo.
La talla se venera con la advocación de los Dolores. Alrededor de esta nomenclatura el párroco de Santiago de esta ciudad, Bartolomé Ximénez Hierro, concreta un rosario de mujeres, luego una hermandad de Siervos y, finalmente, una tercera servita que, tras un pleito, se desvincula de esta corporación.
Hoy en día, al encontrarnos ante esta imagen vemos el mismo rostro que durante más de trescientos años los carmonenses han venerado. Es una imagen de candelero de tamaño natural. Sobre un esbelto cuello se yergue el rostro inclinado de una mujer de avanzada edad, ovalado con tendencia a la redondez, de tez fina, con encarnadura blanda, muy pálida y algo sonrosada en sus mejillas, lo normal en las dolorosas del periodo. La nariz recta y alargada articula el rostro de forma simétrica, sólo alterado por el dispar número de lágrimas. Los ojos sobresalientes, hinchados por el dolor, se enmarcan por dos cejas muy marcadas. En definitiva, son unas facciones claras, un perfil muy clásico inserto en los cánones griegos.
La Virgen de los Dolores es madre, reina y sacerdotisa según su iconografía. Quizás lo que más llame la atención sea el último de estos términos.
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